Sinuoso Jones

Vino al mundo cuando éste aún era espléndido y maravilloso, un fatídico 3 de Julio. Pero sus casi 9 meses encerrado le habían hecho ver la vida desde el punto de vista de la introversión. Pasó esos meses haciéndose a sí mismo y a sus partes corpóreas hasta que un día vio la luz… y… por desgracia aún no se había aclarado las ideas, y el formateo de fábrica tampoco funcionó muy bien.

Nació porque los médicos se empeñaron, o quizá el destino, ya que, o unos o el otro, lo arrancaron casi un mes antes del acomodado lecho materno. Demostró ser un orgulloso cabezota desde el primer segundo del trauma natal, durante el cual, haciendo gala de su inconformismo, decidió dar media vuelta para seguir durmiendo. No llegó a nacer exactamente de culo – lo cual marcaría tremendamente su vida – si no que en el último momento decidió cambiar de posición, pero ya era tarde. En efecto. El pequeño Sinuoso dibujaba ya, desde tan temprana edad, el boceto de lo que sería su vida.

De este modo, torcido, a medio hacer, y con los planes frustrados, recibió esa muestra efímera de cariño y compasión focalizada en forma de palmadita en la espalda, y dijo: buaaaaaaaahhhhhhhh buahhhhhhhhhhhh.

Decidió refugiarse en el arte. Primero se dio a la pintura, luego a la música, luego al teatro, y fue más adelante cuando, esta vez como espectador, se enamoró de pleno de la gran pantalla (actualmente duda entre la lectura o el cine; su vagancia lo tiene muy claro, pero su cerebro y fidelidad por las obras originales no tanto). En efecto, pasó la adolescencia entre colleja y colleja, pero por suerte, con el tiempo iba llegando carne fresca que hacía que él pasara más inadvertido.

Hacía años había abandonado su pasión por los dibujos animados y por las historias en viñetas sobre el papel, cuyas formas y colores en ambos casos lo dejaban atónito. Pensaba que así maduraría. Sin embargo, un día se dio cuenta: “jamás voy a crecer”. Desde entonces vive en el País de Nunca Jamás.

Se considera incomprendido social, humanista y hombre del renacimiento: saber un poco de todo pero mucho de nada. Y esto lo aplica a sus gustos. Sólo necesita un buen refresco, unos aperitivos salados, una pantalla y una tarde libre por delante. Luego ya vendrá el típico: “Que me devuelvan estas dos horas de mi vida”.

Dicen de él, que vaga solitario en busca de la prueba definitiva de que el Alerce canta cuando nadie lo escucha, y a veces escribe cosas sin sentido con la intención de que en el futuro alguien las comprenda. A veces piensa que la vida es un acorde musical cuyas notas se van haciendo disonantes entre sí, extinguiendo su primer impacto, esperando a que en el futuro la eterna sinfonía explote en un clímax de sueños cumplidos.

Actualmente ha llegado al tope de su capacidad memorística, por lo que ha olvidado gran parte de su pasado – no nos engañemos; la caza furtiva de neuronas los sábados por la noche también es uno de sus pasatiempos favoritos -, si bien al preguntarle por el responde: ¿¡Y a ti que coño te importa!?

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